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La historia de Rachel
Actualizada el 7 de Febrero de 2010

Pensé que casarme joven me iba a garantizar ser una madre joven—algo con lo que siempre había soñado. Cuando comenzamos a intentar concebir, contaba los días (y a veces las horas) que faltaban para mi próximo período y solía tener atrasos—a veces de hasta 2 semanas. Cada vez que tenía el período, lo veía como un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de finalmente quedar embarazada. Pero no lo hice. Solo después de que un año completo pasará hice una cita con el doctor. Para mí era tan evidente que nada estaba mal. Era joven, era saludable…

La mayoría de las pruebas estaban bien, pero dos meses comenzados los chequeos, recibí uno de los resultados. Sabía que estaba mal. Era mi cumpleaños número 22 y fue a un teléfono público para llamar al doctor y darle los resultados. Me los explicó y me dijo que era muy pesimista. Me quedé ahí parada llorando y luego me compuse como pude y me fui a trabajar. No pude pensar en otra cosa en todo el día.

Tenía 22 años, estaba a seis mil millas de distancia de mis padres y estaba luchando con problemas de fertilidad muy graves. Me sentía muy sola.

Fui a la biblioteca, intentando reunir información. Leí todo lo que tenía a mi alcance. Y mientras estaba allí, eché un vistazo a algo de información acerca de los aspectos emocionales de la infertilidad. El artículo que encontré era tan poderoso que lo fotocopié, lo llevé a casa y lo leí una y otra vez.

Hablaba de las cosas que escuchas comúnmente como “solo cálmate y quedarás embarazada” y “Mi amiga adoptó y enseguida quedó embarazada”. Y luego señalaba que si dijeras que tienes un tumor cerebral la gente no te diría, “cálmate” para hacer que desaparezca. Mantuve eso en mente mientras escuchaba los comentarios hirientes y sin información de la gente—como si, de algún modo, yo fuera responsable o estuviera haciéndome demasiado problema acerca de mi infertilidad. Sentía que hablar sobre los detalles era una invasión innecesaria a mi privacidad y puede reasegurarme a mi misma que mi situación era muy real y que ninguno de mis sentimientos eran exagerados o ridículos.

Mis emociones eran muy diferentes a las de mi esposo. En retrospectiva, no recuerdo que él siquiera compartiera sus emociones, pero sí recuerdo que él no entendía nada de lo que yo estaba atravesando. Mi dolor se relacionaba con el tener que abandonar un sueño y con mi frustración ante un futuro sobre el cual yo sentía tener muy poco o ningún control.

Probamos varias medicaciones (algunas que yo le sugerí al doctor), ninguna con ningún resultado. Luego de los medicamentes, comenzamos la IUI (inseminación intrauterina) y nos inscribimos para adopción. Odié la IUI, me resultó dolorosa, tortuosa y no particularmente optimista. Luego de algunos ciclos, incluso los doctores se dieron por vencidos y nos dejaron avanzar con la IVF (fertilización in vitro).

Fuimos a visitar a la abuela de mi esposo hirió demasiado (sentía como si me estuviera apuñalando) y tenía mucho para decir acerca de la única palabra que conocía en inglés, “bebé”. Doble puñalada. En ese momento, ella ya tenía más de diez biznietos. Créeme, mi bebé no era importante para ella y era realmente algo importante para mí. Ella sonreía y asentía. Yo tampoco hablaba su idioma.

Al estar mis ciclos tan separados unos de otros, todo tomaba mucho tiempo, por lo que recién después de 2 años y medio de “intentar” tuvimos nuestro primer intento de IVF. Nuestro doctor nos recomendó un centro médico que quedaba a dos horas de casa. Hubiera estado bien, excepto que teníamos un solo auto y que yo no solía tenerlo disponible para mí. Me permitieron hacer todo en los alrededores cercanos y solo tenía que ir allí unas pocas veces—esto era una ventaja en términos del viaje pero, a lo largo del tratamiento, no sentí ningún apoyo – casi no sabían quién era.

Finalmente llegó el momento de la extracción de óvulos. Había como trece óvulos pero solo uno se fecundó y ni siquiera ese se dividió correctamente (tenía 3 células cuando lo transfirieron). Volvimos dos días después para la transferencia embrionaria. Comencé a sangrar antes del momento programado para realizarme la prueba de embarazo. Era parte del procedimiento, por lo que fui a la prueba de todos modos y resultó positiva. Realmente no creí estar embarazada y cuando llamé para dar mis resultados, la enfermera le restó importancia diciendo “Oh, ese número es demasiado bajo”. Y luego me cortó. Tuve que volver a llamar para descubrir que lo que causó que la prueba diera positivo fueron las inyecciones que había recibido para poder soportar el embarazo (si hubiera habido uno).

Algunos de nuestros amigos ya estaban teniendo hijos. Al principio, no tenía problema al respecto, pero a medida que pasaba el tiempo y que sentía que yo no iba a tener un bebé, se volvía más y más difícil. Deje de ir a fiestas de bienvenida de bebés. Solo iba si era de alguna muy buena amiga. Me costaba sonreír y alegrarme por otras personas.

Nuestros mejores amigos nos dieron mucho apoyo. Nos llamaban y preguntaban cómo iban las cosas, interesándose realmente en mis emociones y en el proceso. Incluso los fracasos fueron más fáciles gracias a ellos.

Tomó otros seis meses el comenzar el siguiente tratamiento. A pesar de todos nuestros fracasos previos, comenzaba cada tratamiento con una actitud optimista y con el sentimiento de que yo era parte de la medicina moderna. Me resultaba emocionante y fascinante.

Cambiamos de centro médico a uno más cercano a casa, lo que resultó una experiencia mucho mejor. Recuerdo caminar por el hall pensando en la frase de Kevin Costner en Robin Hood-Príncipe de Ladrones: “así comienza…” Yo también estaba comenzando mi viaje.

Aprendí a colocarme yo misma las inyecciones, por lo que no tenía que corretear tanto. Se extrajeron 15 óvulos y 4 fueron fecundados. Los transfirieron todos (esto fue allá por 1992). 18 días luego de la transferencia, me enteré de que estaba embarazada. Continué dándome inyecciones diarias de progesterona por 10 semanas más. Mi hija nació poco menos de 4 años luego de que comencé a intentar concebir. Yo tenía 24 años.


Mi hija y yo, solo minutos luego de su nacimiento

Tener un bebé me dejó tan infértil como antes y yo no estaba dispuesta a abandonar mi sueño de tener una familia grande. La tecnología estaba mejorando y el ciclo siguiente también arrojó 4 embriones. Ninguno implantó. El tratamiento luego de eso fue fenomenal, arrojando 8 embriones. Transferimos 4 y congelamos 4. Otro fracaso. Luego, sorprendentemente, los embriones congelados llevaron a un embarazo exitoso de mellizos. Solo tenía 27 años y era madre de tres niños…y aún era infértil.

Mi matrimonio, que probablemente se ha fortalecido por la infertilidad –teníamos una meta común- básicamente se vino abajo luego del nacimiento de los mellizos. Intenté mucho, pero finalmente entendí que no tenía remedio. También sentí que el sueño de alguna otra vez tener otro hijo se desvanecía. Forcé a mi esposo a dejarme intentarlo nuevamente. Los mellizos ya tenían 5. Me embaracé en el primer intento, pero había un gran hematoma en mi útero y mis niveles tempranos de beta HCG eran pobres y no se duplicaban correctamente. El embrión creció normalmente y sobrevivió hasta el final del primer trimestre y luego el hematoma lo eliminó. Luego de todo el sangrado que había tenido, estaba en parte aliviada de saber que había terminado. Al volver del hospital, mi poco comprensivo esposo me hizo saber que algo más también había terminado. Menos de seis meses después, el divorcio terminó.

Ahora me he vuelto a casar. Poco tiempo después de haber creado este sitio celebramos en nacimiento de nuestra hermosa hija, Abigail, nacida el 14 de Marzo de 2005. (Ver la Historia del Nacimiento de Abigail). Sorprendentemente, otra de mis fantasía se hizo realidad – siempre había fantaseado con manejar un coche de bebé estando embarazada. Cuando Abigail tenía menos de 5 meses, descubrimos que ¡nuevamente estábamos embarazados! Nuestra hija, Nomi, se unió a nosotros el 25 de Marzo de 2006 (lee acerca del Nacimiento de Nomi en el blog de fertilidad). En Junio de 2007, descubrimos que esperábamos un hijo nuevamente (sí, fue planeado:-)). Nuestra fecha de parto del 23 de Febrero llegó y pasó…y luego la chance de tener un bebé el 29 de Febrero…y luego terminó la semana 41, e incluso la 42. Finalmente, luego de 42 semanas completas comencé el trabajo de parto espontáneamente – puedes leer la historia del nacimiento aquí.

Mi viaje por la infertilidad ha terminado. Tomamos la decisión de no tener más hijos—obviamente, no fue una decisión muy difícil cuando tiene 6 niños en la casa, 3 de los cuales aún son muy pequeños. La infertilidad siempre estará cerca de mi corazón, pero ya no me resulta algo doloroso. Terminó bien para mí y es fácil para mí entender que era parte de los planes que Dios tenía para mí.

Cuando estaba embarazada de Nomi, antes de comenzar mi blog real, mantuve un amnio blog mientras esperábamos los resultados de la amniocentesis.

 

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